Conferencia presentada en el XX Congreso de Acompañamiento Terapéutico en Buenos Aires, 2024
¿Quién es el otro?
Esta es una pregunta fundamental en toda relación terapéutica. Preguntarnos
quién es el otro, lejos de ser una mera cuestión conceptual, es el inicio de
cualquier encuentro humano profundo. Pero cuando nombramos al otro, cuando lo
definimos, inevitablemente entramos en una dinámica de poder. Al etiquetar, al
describir, fijamos una identidad, tal vez limitando la posibilidad de que esa
persona sea algo más que lo que nosotros percibimos. Y esto nos lleva a una
reflexión clave: ¿cómo podemos ser nosotros, quienes acompañamos, el otro?
Aquí quiero detenerme en el concepto de hospitalidad que desarrolla Jacques
Derrida. Derrida nos invita a ver al terapeuta como un invitado en la vida del
otro. No llegamos como dueños, no nos imponemos como guías que todo lo saben.
Somos, en esencia, invitados. Entramos en el mundo de nuestros pacientes con
cuidado, con respeto, sabiendo que ese espacio no es nuestro. Desde esta
perspectiva, acompañar es aceptar que, en cada sesión, también somos el otro.
Nos transformamos, somos acogidos, somos parte de una experiencia compartida.
Esta reflexión nos lleva a una cuestión más profunda: ¿quiénes somos nosotros
cuando acompañamos? ¿Es nuestra identidad fija, estable, inmutable? Aquí las
teorías psicológicas nos ofrecen dos caminos.
Donald Winnicott, un referente en la teoría psicoanalítica, hablaba del
verdadero self. Para Winnicott, cada persona tiene en su interior un núcleo
auténtico, un yo esencial que busca expresarse libremente. Este verdadero self
es lo que nos da estabilidad y coherencia. En el proceso terapéutico, ayudamos
a las personas a contactar con ese self genuino, a despojarse de las máscaras
que la vida les ha impuesto.
Pero, por otro lado, tenemos una visión diferente, y es aquí donde las ideas de
Jacob Levy Moreno nos invitan a pensar el yo de una manera más plural. Según
ellos, el yo no es una entidad fija, sino que está compuesto por múltiples
personajes. No somos un solo ser, somos un conjunto de identidades que
interactúan entre sí. Tenemos un parlamento interno de personajes que luchan
por llegar a ser voz, una metáfora que me parece poderosa. Dentro de nosotros
hay un grupo de voces, de personajes que toman la palabra en función del
contexto, de las relaciones, de la situación.
Cuando nos encontramos con el otro, no es simplemente un diálogo entre dos
personas. En realidad, es un encuentro entre grupos. Mi parlamento interno se
encuentra con el parlamento interno del otro, y juntos negociamos, dialogamos,
co-creamos una nueva realidad. La riqueza de este encuentro radica en la
multiplicidad. Somos seres múltiples, y es en esa pluralidad donde reside
nuestra verdadera capacidad de adaptación y cambio.
Pero, ¿qué sucede cuando nos aferramos a un solo personaje? Aquí entra el
concepto de rigidez. Ser rígido es quedarse atrapado en una única identidad, en
un solo rol. Y esto no solo ocurre en nuestros pacientes, sino también en
nosotros como acompañantes. La rigidez nos impide ver más allá, nos limita en
nuestra capacidad de respuesta.
Frente a esta rigidez, Moreno y Salvador Minuchin nos proponen un antídoto: la
espontaneidad. Minuchin, en el primer capítulo de su libro Técnicas de Terapia
Familiar, titula precisamente "Espontaneidad". Porque la
espontaneidad es la capacidad de moverse entre personajes, de cambiar de rol
según lo requiera la escena. No se trata de ser improvisados o inconstantes,
sino de tener la flexibilidad suficiente para adaptarnos a lo que el otro
necesita de nosotros en cada momento.
La espontaneidad nos libera de la rigidez. Nos permite ser múltiples, pero de
manera auténtica. Nos ofrece la posibilidad de cambiar de personaje, de abrazar
la multiplicidad de nuestro ser y, al mismo tiempo, acompañar al otro en su
propio proceso de transformación.
Acompañar no es simplemente estar. Es ser en movimiento, en transformación, en
constante diálogo con el otro. Es saber que, en cada encuentro, somos y seremos
distintos. Y tal vez, la clave de una relación terapéutica efectiva radica en
nuestra capacidad de ser flexibles, de ser espontáneos, de habitar esa
multiplicidad que nos constituye, sin perder nunca de vista quién es el otro y
quiénes somos nosotros en relación con él.
Gracias.